El peligro de construir un Dios a nuestra medida
En ocasiones, atravesamos diferentes circunstancias en nuestra vida que nos llevan a la angustia y la ansiedad.
Momentos difíciles, críticos, en los que la respuesta no aparece. Nuestras emociones pueden tomar el control, con el alma saliendo del lugar diseñado para intentar controlar la situación.
Hay momentos en que conocemos la Palabra, pero lo que sentimos parece ser más fuerte. Incluso podemos saber de Dios, saber de la importancia de la oración, del ayuno, de lo clave que es congregarse, pero aun así sentir que no es suficiente.
¿Acaso Dios a veces se olvida de sus promesas? ¿Acaso Dios abandona a sus hijos? Puede existir una lucha entre saber la respuesta, pero sentir otra. En esto nos queremos detener. Es tiempo de reflexionar sobre ese impostor, ese personaje que aparece haciéndose pasar por Dios, pero que no lo es.
Ese impostor que abandona, miente, cambia constantemente de parecer y podemos llamarlo “Dios”. Incluso frustrarnos, ofendernos y decirles a otros que así es Él, pero terminar siendo engañados. ¿Puedo estar llamando Dios a un impostor que no es bíblico? Veamos qué tiene la Palabra para decirnos.
El conflicto del salmista
En la Biblia vemos en el Salmo 77 una historia interesante para analizar. El salmista nos cuenta su experiencia. En momentos de angustia, buscó a Dios, clamó, oró toda la noche sin descanso, pero no recibió consuelo.
Esto nos habla de una persona que entendía la importancia de la oración, alguien que no se rendía fácilmente y tenía la madurez para comprender que la respuesta estaba allí. Sin embargo, no recibió lo que buscaba. Pensaba en Dios y lloraba, meditaba en Él y se desanimaba (Sal. 77:3).
¿Dios, la fuente de nuestra esperanza, podría causar ahora desánimo y frustración? Unas preguntas claves para discernir esto pueden ser: ¿En quién pensaba? ¿En qué meditaba? ¿En quién realmente estaba poniendo su atención?
Podemos pensar en Dios a nuestra imagen, meditar, enojarnos y frustrarnos con alguien que está en nuestra mente, pero que no es el Dios bíblico. Dar lugar a esta dinámica puede ser dañino.
Cuando las emociones cuestionan la verdad
El salmista profundiza sus dudas y cuestiona sus convicciones:
«¿Me habrá rechazado para siempre el Señor? ¿Nunca más volverá a ser bondadoso conmigo? ¿Se ha ido para siempre su amor inagotable? ¿Han dejado de cumplirse sus promesas para siempre? ¿Se ha olvidado Dios de ser bondadoso? ¿Habrá cerrado de un portazo la entrada a su compasión?» (Salmos 77:7-9, NTV).
Una y otra vez los atributos de Dios son cuestionados. La ansiedad y la angustia no son conductoras sabias; nos pueden llevar a caminos dolorosos. El sentir que no tuvo respuesta en el momento que quería lo llevó a cuestionar si Dios lo rechazó y si siempre será así.
El pensamiento dicotómico, el todo o nada, el siempre y nunca, filtra la información de manera selectiva para que registremos solo una parte.
En este caso, el salmista, quien parecía conocerlo, al no sentirlo según sus expectativas, empezó a dudar de la Persona. Dejó que el alma gobernara y perdió salud integral.
Aun en nuestros peores momentos, aun cuando las cosas se sientan muy lejos de cómo las esperamos, podemos tomar decisiones.
El verdadero dolor del corazón
En el Salmo 77 se nos muestra a profundidad cuál era el dolor del corazón:
«Y me pongo a pensar: «Esto es lo que me duele: que haya cambiado la diestra del Altísimo»» (Salmo 77:10, NVI).
El solo pensar que Dios ha cambiado provoca una incertidumbre y una angustia muy grandes, y puede convertirse en una creencia con un enorme potencial destructivo.
En ciertas situaciones incluso podemos atravesar las mismas emociones que el salmista: sabiendo, pero no sintiendo; conociendo en teoría, pero no experimentando ni viviendo eso.
Reflexionemos: nunca se trató de sentir como guía. El diseño de Dios no está basado en el alma como centro.
Recordar para volver a la verdad
En el Salmo 77 vemos también la salida de esa situación. El salmista recordó hechos. Empezó a meditar en las grandes obras, en las proezas que Dios había hecho (Sal. 77:11).
Es clave, en esos momentos, poner nuestra atención no en lo que podría pasar en el futuro, ni necesariamente hacer una habitación en lo que sentimos, sino en lo que Dios ya hizo en nuestras vidas. En sus grandes maravillas.
Esto no significa invalidar nuestras emociones, sino resignificar la situación. Darles lugar no es lo mismo que pensar en ellas una y otra vez. Es tomar decisiones para ganar salud integral y caminar en el propósito de Dios.
Volver al diseño
Hay un desafío delante de nosotros: volver al diseño, permitir que Cristo sea formado en nosotros, direccionando nuestras emociones. Volviendo a ordenar lo interno en vez de querer controlar lo externo.
Las soluciones no vienen de ponernos en el centro manejando todas las variables, sino de empezar a ordenar las prioridades para ocuparnos de lo que nos compete y dejar a Dios tomar su lugar.
Es tiempo de fortalecernos en la narrativa bíblica, en su Palabra, y menos en lo que sentimos o en lo que otros opinan que es Dios.
Al conocer la verdad, nos hará libres.
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