El matrimonio que dejó todo para anunciar a Jesucristo entre miles de pakistaníes

2026-07-24 | Fuente: lacorriente.com/feed/

Durante años un matrimonio oró por Pakistán antes de poner un pie en esa tierra. Hoy recorren aldeas rurales anunciando a Jesucristo, discipulando nuevos creyentes y fueron parte de una cruzada que reunió a miles de personas para escuchar el Evangelio en uno de los países donde seguir a Cristo continúa siendo un desafío.

Un llamado que comenzó mucho antes del viaje

La historia no empezó cuando abordaron un avión rumbo a Asia, sino muchos años antes.

Mientras Alan y su esposa Milena comenzaban su relación, ambos descubrieron que compartían una misma convicción: Dios los estaba llamando a dedicar parte de su ministerio a Oriente, alcanzando pueblos donde el Evangelio apenas había llegado.

Él le confesó a quién luego sería su esposa que existía la posibilidad de que este llamado implicaría enfrentar persecución e incluso entregar la vida por causa de Cristo. Lejos de desanimarse, ella respondió que ese también era el deseo de su corazón.

Aquella conversación terminó convirtiéndose en una confirmación para ambos. Comprendieron que Dios no solo estaba uniendo sus vidas en matrimonio, sino también alrededor de una misma misión: anunciar a Jesucristo entre pueblos donde millones de personas aún no lo conocían. Durante años oraron específicamente por Pakistán mientras Dios abría puertas en otros países como India y Nepal, hasta que finalmente llegó la oportunidad de realizar un primer viaje exploratorio.

Aprender antes de predicar

Su primera visita tuvo un objetivo muy diferente al que muchos podrían imaginar.

No viajaron para organizar grandes campañas evangelísticas ni para implementar inmediatamente un proyecto ministerial. Fueron para observar, escuchar y aprender.

Cuando regresaron a Occidente, Pakistán ya ocupaba un lugar permanente en sus corazones. Sabían que aquel viaje era apenas el comienzo.

La niña que abrió las puertas de las aldeas

En su siguiente viaje la pareja comenzó a recorrer comunidades rurales compartiendo el Evangelio. Sin embargo, el trabajo no era sencillo.

Las personas permanecían dentro de sus hogares y reunir a una comunidad para predicar resultaba difícil. Todo cambió gracias a un encuentro inesperado.

Mientras caminaban por una aldea, una niña comenzó a seguirlos. Según los habitantes del lugar, atravesaba una profunda opresión espiritual. En lugar de exponerla públicamente, decidieron reunir a varios niños y orar por todos juntos.

Durante ese tiempo de oración, relatan que la niña fue liberada en el nombre de Jesucristo. Lo que ocurrió después sorprendió incluso a los propios misioneros.

Los demás niños comenzaron a pedir oración y, una vez que terminaron, salieron corriendo por las calles llamando a otros chicos y a sus familias.

La alegría de los niños despertó la curiosidad de toda la comunidad.

Los padres comenzaron a salir de sus casas, los vecinos se acercaron y, en pocos minutos, una aldea que hasta entonces parecía completamente cerrada estaba reunida escuchando el mensaje del Evangelio.

Aquella experiencia cambió por completo la estrategia del ministerio.

Desde ese momento comenzaron cada visita reuniendo primero a los niños, orando por ellos y permitiendo que ellos mismos acercaran luego a sus familias para escuchar acerca de Jesucristo. Lo que parecía un obstáculo terminó convirtiéndose en la llave que abrió numerosas aldeas al mensaje de Cristo.

Aldea por aldea

Con esa nueva estrategia comenzó una intensa etapa de evangelización.

El equipo visitó una comunidad tras otra anunciando el Evangelio, orando por los enfermos, compartiendo con las familias y llamando a las personas al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo.

La mayor parte del trabajo se desarrolló lejos de las grandes ciudades, en pequeñas aldeas rurales donde las relaciones entre vecinos son más cercanas y las oportunidades para conversar con las familias resultan mayores.

Las jornadas eran extensas. Muchas veces predicaban durante ocho o diez horas seguidas, caminando largas distancias entre una comunidad y otra.

Sin embargo, cada nueva aldea representaba una oportunidad para que personas que jamás habían escuchado el Evangelio conocieran por primera vez a Jesús.

Mientras recorrían los caminos rurales, comenzaron a invitar a las familias a participar de una gran reunión evangelística que sería presentada públicamente como un «festival de oración», una expresión culturalmente aceptada dentro del contexto pakistaní y que les permitía convocar a cientos de personas para escuchar el mensaje de Cristo.

La cruzada que reunió a miles

Después de meses de trabajo llegó el día esperado.

Para trasladar a los asistentes fueron contratados más de 270 autobuses, que recorrerían las distintas aldeas recogiendo a quienes habían sido invitados durante las semanas anteriores.

Poco antes del comienzo comenzaron a llegar noticias preocupantes. Varias rutas estaban bloqueadas y existía el temor de que gran parte de los asistentes no pudiera llegar. Mientras oraban para que Dios abriera los caminos, comenzaron a aparecer los primeros colectivos.

Uno tras otro fueron llegando con familias enteras, jóvenes, ancianos y niños provenientes de distintas comunidades rurales. Lo que contemplaban era difícil de imaginar.

Miles de personas se estaban reuniendo en Pakistán para escuchar una predicación centrada exclusivamente en Jesucristo.

Durante la cruzada, el Evangelio fue anunciado con claridad, presentando a Jesús como el Hijo de Dios, el Salvador y el único capaz de perdonar los pecados y reconciliar al ser humano con el Padre.

Según el testimonio del ministerio, cientos de personas respondieron públicamente al llamado de seguir a Cristo, mientras que más de 200 personas manifestaron haber recibido sanidad. La asistencia total fue estimada entre 12.000 y 13.000 personas, aunque algunos cálculos locales elevaron esa cifra hasta cerca de 14.000 asistentes.

Predicar bajo medidas de seguridad

La dimensión espiritual del encuentro estuvo acompañada por una realidad imposible de ignorar.

Por ese motivo, el evento contó con protocolos especiales y un equipo encargado de evaluar permanentemente cualquier posible amenaza.

Al finalizar la reunión, mientras los organizadores comenzaban a recoger testimonios de personas que aseguraban haber experimentado milagros y sanidades, recibieron un aviso urgente.

La recomendación fue abandonar inmediatamente el lugar debido a posibles riesgos para los asistentes.

Aunque hubieran querido permanecer más tiempo escuchando cada historia, decidieron retirarse escoltados, conscientes de que la prudencia también forma parte del trabajo misionero en contextos de persecución.

El verdadero trabajo comenzó después

Antes del evento, cada persona había sido registrada junto con la aldea de la que provenía. Esa información permitió comenzar un proceso de seguimiento, discipulado, preparación para bautismos y formación de nuevos creyentes.

Su visión no consiste únicamente en organizar reuniones multitudinarias, sino en establecer comunidades de fe, fortalecer iglesias locales y capacitar creyentes pakistaníes para que sean ellos quienes continúen anunciando el Evangelio dentro de su propia cultura.

Según explican, un creyente local conoce el idioma, comprende las costumbres y puede llegar a lugares donde un extranjero difícilmente tendría acceso. Por eso consideran que el futuro de la obra depende, en gran medida, de levantar discípulos que luego se conviertan en nuevos discípulos de Cristo dentro de su propio pueblo.

Una puerta que Dios sigue abriendo

Hoy Alan y Milena se preparan para regresar a Pakistán.

Su deseo ya no es solamente repetir una cruzada multitudinaria, sino consolidar la cosecha que comenzó en aquellas aldeas, fortalecer a los nuevos creyentes y continuar viendo cómo el Evangelio transforma vidas en una de las regiones menos alcanzadas del planeta.

En un país donde millones de personas todavía nunca escucharon claramente quién es Jesucristo, ellos creen que la misión recién comienza.

Y mientras las estadísticas hablan de pueblos no alcanzados, ellos prefieren hablar de personas. De familias. De aldeas. De hombres, mujeres y niños que, por primera vez, están escuchando el nombre de Jesús y descubriendo que el Evangelio también llegó hasta ellos.

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