El Evangelio de manos sucias: Una familia evangeliza en las aldeas más remotas de Salta
Mientras gran parte del país transita la fiebre del mundial, una familia decidió emprender un viaje hacia algunos de los lugares más aislados del norte argentino.
El ministerio Cenas de Amor, liderado por Rosul Paredes junto a su esposa Maribel y sus hijos Máximo y Felipe, se encuentra en San Antonio de los Cobres, Salta, llevando ayuda solidaria y el mensaje del Evangelio a comunidades alejadas de los centros urbanos.

La misión tiene como objetivo alcanzar aldeas y campamentos ubicados entre los cerros de la región, donde según relataron, existen zonas con minas clandestinas en las que viven varias personas en condiciones de extrema vulnerabilidad.
“Nos internamos hacia lo impenetrable de unas minas clandestinas donde hay niños trabajando de 8 a 14 años. Ahí estamos llevando amor y esperanza, partiendo el pan y presentando a Jesús”, expresó Rosul Paredes en exclusiva a La Corriente.

Un evangelio de manos sucias
Tras varios días de travesía por caminos de montaña, la familia logró establecer campamentos temporales, desde donde organizaron las actividades evangelísticas y solidarias. Debido a la falta de conectividad en la zona, las comunicaciones son esporádicas y dependen de pequeños puntos con señal ubicados cerca de algunos asentamientos.
Desde allí, Rosul compartió una reflexión que resume la visión del ministerio.
“Estamos llevando ese Evangelio de manos sucias. Manos sucias de amor y esperanza, manos sucias de misericordia. El Evangelio de partir el pan, de amarnos unos a otros y de no cansarnos de hacer el bien”, nos comparte Rosul, haciendo pausas para tomar aire, ya que el oxígeno en esa zona es escaso.
Según explicó, el propósito principal del viaje es alcanzar lugares donde no existen iglesias, instituciones de asistencia ni presencia estatal permanente.
“El objetivo es presentar a Jesús en lo impenetrable de los cerros, donde no hay iglesia, donde no hay ayuda solidaria y donde no hay instituciones”, afirmó.
Los pequeños predicadores de Cenas de Amor
Uno de los aspectos más llamativos de esta misión es la participación activa de Máximo y Felipe, los hijos de Rosul y Maribel, quienes también comparten enseñanzas bíblicas con los niños de las comunidades visitadas.
Máximo, de diez años, ministró en una de las primeras aldeas alcanzadas por el equipo, enseñando acerca de Samuel y la importancia de escuchar la voz de Dios.
“Como Samuel escuchó la voz de Dios siendo tan pequeñito, enseñamos a los niños a apagar las distracciones y que el enfoque sea el Evangelio”, relató Rosul.

Por su parte, Felipe compartió una enseñanza basada en la parábola del Buen Samaritano.
“No hay alabanza y adoración sin misericordia. Una iglesia sin compasión es una iglesia muerta. Una iglesia sin misericordia es una iglesia perdida”, expresó durante una reunión realizada en una pequeña congregación de la zona.
Una visión que comenzó hace cuatro años
La historia de este viaje tiene un antecedente que se remonta a cuatro años atrás. Durante una visita anterior a la región, Rosul conoció a un pastor de 88 años con más de cuatro décadas de ministerio, quien le habló de comunidades que no habían recibido visitas evangelísticas durante generaciones.
“Nos indicó que había dos comunidades que no habían sido visitadas durante cien años”, recordó.
Según contó, aquel pastor compartió una visión en la que veía llegar a un matrimonio y dos niños para ayudarlo. Con el paso del tiempo, aquella imagen cobró un significado especial.
“Ese pastor tuvo una visión donde unos niños y un matrimonio llegaban a su casa. Hoy esa visión se ha cumplido y Cenas de Amor está presente en ese lugar”.
La emoción fue inevitable cuando volvieron a encontrarse.
“Hoy ese pastor se quebrantó en llanto porque fuimos introducidos a esas aldeas y minas clandestinas ubicadas a más de 22 kilómetros cuesta arriba”.

Llevar a Cristo donde nadie llega
La misión continuará durante los próximos días, internándose aún más en los cerros salteños. Allí, la familia buscará repartir alimentos, compartir ejemplares de los Evangelios y anunciar el mensaje de Cristo a familias que viven completamente alejadas de los circuitos habituales de asistencia.
“Queremos que cada familia sepa que Jesús los ama. Que son amados como nosotros y que Cristo viene a abrazarlos a través de Su Palabra”, concluyó Rosul.
Como hermanos en la fe, podemos interceder por esta familia y todas aquellas de las cuales no sabemos sus nombres, pero que de manera invisible, están llevando el mensaje eterno a lugares inaccesibles.
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