El Espíritu Santo: defensor y maestro en tiempos de duda
Vivimos en medio de una sociedad secular y agnóstica, que suele definir la “vida espiritual” según sus propios criterios.
Por un lado, acepta muchas expresiones religiosas; por otro, mira con sospecha la fe cristiana cuando esta proclama verdades absolutas, aquellas que el cristiano cree, profesa y debe anunciar como heraldo de las Buenas Nuevas.
Ante ello, no es de extrañarnos que tengamos dudas al compartir nuestra fe. Nuestra mente está llena de preguntas: ¿Cómo hacerlo ante la presión de un mundo descreído y sin fe? ¿Lograremos proclamarlo efectivamente como poder? ¿Podremos vencer al miedo de ser “perseguidos” por nuestras convicciones radicales? Ante tal marco, y en medio de tanto caos, es de suma importancia que como cristianos, recordemos el inmenso privilegio de tener al Espíritu Santo con nosotros empoderándonos para tal propósito.
Antes de su arresto y crucifixión, Jesucristo se halla en la última cena con sus discípulos impartiéndoles sus últimas enseñanzas, tal vez las más importantes o relevantes para el momento que vivirían. Jesús, quien los ha acompañado día y noche durante los últimos 3 años, pronto estaría listo para partir (Juan 14:31). Es por ello que no es de extrañar que los discípulos estén “llenos de tristeza” (16:6). Y esto a pesar de que todavía no entendían la magnitud de lo que estaba presto a ocurrir, tanto a su Maestro como a ellos mismos (16:31-32).
Pero en medio del desborde emocional que implicaba la pérdida de su Rabbí y próxima persecución de parte de los líderes judíos, Jesús les da una promesa. Juan 14:15-17 afirma lo siguiente:
El “Consolador” (RV60, 2015, NVI) es traducido por otras versiones también como “Defensor” (DHH), “Abogado” (NTV), y hasta como “Ayudante” (en inglés, “helper”, ESV). La palabra en griego es Parácleto, un término que en distintos contextos abarca todos los matices que las distintas versiones reflejan. Por eso, afirmar teológicamente que el Espíritu Santo es ciertamente nuestro Maestro, Defensor, Consolador y Abogado es completamente verdad.
Ahora bien, aunque el término Parácleto incluye consuelo y ayuda, en el contexto de Juan 14–16 el énfasis recae especialmente en el Espíritu como Defensor y Maestro para el testimonio cristiano.
En el contexto de Juan 14, Jesucristo les advierte a sus discípulos de que su porvenir como proclamadores del Evangelio no será tan sencillo. De hecho, ellos serán perseguidos en su ministerio, así como su Maestro lo ha sido (Juan 15:20). Pero lejos de amedrentarlos con este mensaje, Jesús procura fortalecerles con esta verdad: el Espíritu será su Gran Defensor, su torre fuerte, su estandarte en medio de las luchas que pelearán al proclamar la muerte y resurrección de su Salvador. Sí, en medio de tantas batallas, el Espíritu mismo se levantaría en armas en favor suyo para obtener la victoria celestial.
No obstante, esta victoria no debe ser entendida según nuestra idea de lo que significa “tener éxito” o “ganar”. En el contexto del mensaje de Cristo, la victoria implica que, por medio del testimonio apostólico, el Espíritu “convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (16:8). En otras palabras, los apóstoles fielmente predicarán con el poder del Espíritu de modo que aún los magistrados listos para condenarlos serán convencidos de sus pecados, sea que estos acepten el mensaje cristiano o no.
Éxito en el libro juanino implica “la proclamación fiel y poderosa del Reino de Dios” de mano de sus fieles servidores. No se trata de ser librado de las penurias, ni tampoco de evitarse los dolores de cabeza; ni siquiera ser librado de la muerte misma. En el Evangelio de Juan, el éxito consiste en ser fiel en la proclamación del Evangelio. Así, al recibir la corona de gloria, podremos escuchar la voz de nuestro amado Señor: “Bien, buen siervo y fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra al gozo de tu Señor” (Mateo 25:21, 23).
De este modo, el Espíritu no solo los defiende ante el mundo, sino que también les recuerda, enseña y aplica la Palabra de Cristo, capacitándolos para dar testimonio fiel aun frente a tribunales y autoridades.
Por lo tanto, el Espíritu Santo como Parácleto se lo entiende en este contexto como el Gran Defensor y Maestro, el Abogado de sus fieles siervos ante la imperiosa necesidad de dar testimonio del reino de Dios. El Espíritu es Aquel que actúa en favor de los creyentes para predicar con fidelidad y fervor el camino a la salvación a un mundo necesitado por la verdad de Cristo.
Entonces, si bien el Espíritu es ciertamente nuestro “Consolador” y “Ayuda” en momentos de angustia (¡amén a ello!), reconocemos que su principal rol como Parácleto es el de fortalecernos y empoderarnos en la Missio Dei, en la proclamación de las verdades del Evangelio al mundo que debe pasar de tinieblas a luz.
Tres verdades fundamentales
Ante ello, reconocemos 3 verdades:
- (1) El Espíritu no es antropocéntrico, sino Cristocéntrico. Su rol como “Ayudador”, “Consolador”, y “Abogado Defensor” tiene que ver más con nuestro privilegio de ser un siervo para su gloria antes que reducir al Espíritu a alguien que simplemente responde a nuestras necesidades personales.
- (2) El Espíritu y la Palabra trabajan de manera conjunta. En ningún momento Jesucristo exime al creyente del deber de prepararse debidamente en la Palabra para responder frente a los desafíos de este mundo. El apóstol nos lo recuerda en 1 Pedro 3:15 a estar siempre listos para defender nuestra fe y esperanza en Jesús. Es decir, el Espíritu trabaja en y por medio de nuestra diligencia como teólogos. En otras palabras, ser un “teólogo” para el Reino no es de unos pocos, sino la responsabilidad de todo creyente, para proclamar con el poder del Espíritu su Palabra.
- (3) El Espíritu y Cristo trabajan de manera conjunta en el creyente. El Señor Jesús no nos ha dejado huérfanos, sino que ha enviado junto con el Padre al Espíritu para empoderar al creyente en su comisión de “ir y hacer discípulos a todas las naciones”. Pero Jesucristo no reina en los cielos sin tener vínculo con el creyente, dejándonos a la “merced” del Espíritu. Al contrario, el Cristo que reina desde los cielos hoy actúa proactivamente junto con el Espíritu Santo para fortalecer nuestras manos ante tan grande responsabilidad.
¡Seamos entonces, dependientes del Espíritu de Consuelo, aquel Abogado Defensor y Maestro que nos empodera en nuestro deber de anunciar las Buenas Nuevas de Aquel que nos llamó de tinieblas a su luz!
Una invitación
En caso de que te interese aprender más sobre este tema, la misma se estará desarrollando en el encuentro virtual del sábado 9 de mayo, en el marco de la clase “Teología del Espíritu Santo”, dictada por el profesor Arturo Kim.
La materia forma parte de la Diplomatura en Teología Integral del Centro de Extensión de la Facultad de Teología Integral (CEFTI), cuyo propósito es equipar a los participantes con herramientas y recursos bíblico-teológicos y prácticos para el desempeño de sus tareas ministeriales y el fortalecimiento de su formación espiritual.
Más información:
Sitio web: https://ftiba.org/CEFTI/
WhatsApp: +54 9 11 6571-9398
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