El descanso es alguien
Si el vivir en paz y en continuo reposo estuviera en venta, sin duda alguna, gran parte de nuestro mundo hoy en día haría lo posible por tratar de adquirirlo. Si así fuera, ¿qué precio tendría? ¿Dónde podríamos obtenerlo?
A pesar de que vivimos una realidad donde el descanso en medio del caos es una necesidad, irónicamente seguimos empeñados en mostrar el supuesto éxito de una vida autosuficiente, siendo una especie de superhéroes capaces de rescatarnos de nuestras propias tormentas. La bomba perfecta. El panorama ideal que retroalimenta gritos en silencio, que cierra puertas al regalo de la vulnerabilidad y acalla esperanzas. Pero eso sí, al final todos sabemos que esta bomba de relojería no puede más: explota. Es el ruido tras tantas estadísticas de ansiedad, índices de suicidios, depresión, y otros gigantes que vienen a protagonizar el guión de nuestras peores pesadillas.
¿Dónde está la paz? El nivel de intensidad de búsqueda por la respuesta a esta pregunta, aumenta a medida que atravesamos desiertos y valles altamente desafiantes en lo personal. Es el lugar donde llevamos la teoría bíblica realmente a la vivencia práctica. Así, recuerdo procesos en mi vida en los que venían los siguientes interrogantes a mi mente: ¿De qué depende realmente la paz? ¿Del calibre de la tormenta o de la calidad de mi barca? ¿De la magnitud del viento que azota mi árbol o de la profundidad de mis raíces?
Reconocer que le necesitamos es el primer paso. Es tirar todo orgullo por la borda. Precisamente porque la falta de reposo en el alma está íntimamente relacionada con aquello que tratamos de controlar pero humanamente escapa de nuestras manos. Jugar a creernos dioses no hace más que empeorar la situación. Si no podemos reordenar la convulsión y dirección del viento que nos atormenta, ¿dónde está fijada nuestra mirada?
La autosuficiencia nos insta a vivir a base de parches provisionales a fin de lograr “dosis de reposo”, soluciones erróneas que nos impulsan a querer arrancar el fruto malo del árbol en lugar de reconocer que seguimos a un Dios que quiere infundir paz en nuestras raíces más profundas. No es el camino más fácil, pero es la ruta que sana. Es el sendero al aprendizaje de cómo encontrar reposo en medio de un mundo convulso. Es el viaje a abrazar el fruto de la paz. Es el saber que Dios es el primero que ama el árbol de tu vida. Es el jardinero que riega, y sueña con que todas tus hojas sean frondosas y resistan tormentas. Te ama como nadie.
Pero sólo si la raíz es santa, también lo serán sus ramas. El mensaje del Evangelio produce fruto de reposo en tu vida en el momento que dejamos que Dios trate con viejas raíces, ¿de qué se está alimentando el árbol de tu vida? ¿Qué hay en ese terreno que te roba paz? ¿Amargura? ¿Falta de perdón? ¿De dónde proviene la inseguridad? No se trata tanto de fijarnos en la convulsión de la tormenta que nos azota sino en si verdaderamente confiamos en aquel que dirige nuestra barca. No se trata tanto del fruto visible, sino en saber que las raíces de nuestro árbol están fundamentadas en su identidad y sus promesas escritas sobre tu vida. Son raíces que deciden beber de la verdad del cielo antes que buscar nutrientes terrenales pasajeros.
El descanso no es algo que comprar, es alguien a quien vivir. Alguien que te dejó el regalo escrito en Juan 14:27. Alguien que está interesado en los cimientos de tu vida para que veas su paz en medio de tus batallas. Alguien que quiere el timón de tu barca y que en sí mismo, es el Príncipe de Paz, ¿crees en su bondad como para darle el control?
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