Desmintiendo el mito de que “Los eruditos no creen que Jesús existió” con Bryan Albariño 

2026-10-16 | Fuente: lacorriente.com/feed/

¿La existencia histórica de Jesús es una creencia exclusiva de los cristianos?

En Mitos Populares Sobre Jesús, Bryan Albariño reúne ejemplos de investigadores con distintas convicciones que reconocen su historicidad y cuestiona una afirmación que confunde el debate académico con las creencias personales.

“Los eruditos no creen que Jesús existió”. La frase parece presentar una conclusión del mundo académico: quienes investigaron el tema habrían descubierto que el personaje central del cristianismo nunca estuvo entre nosotros. Sin embargo, el capítulo VI de Mitos Populares Sobre Jesús, de Bryan Albariño, muestra que esa afirmación desconoce el trabajo de investigadores que, desde perspectivas muy diferentes, estudian a Jesús como una figura histórica.

El primer paso para revisar el mito es precisar de qué estamos hablando. Reconocer que Jesús existió no equivale a creer que es el Hijo de Dios, afirmar su resurrección o aceptar el mensaje cristiano. Son cuestiones diferentes. Un investigador puede rechazar las afirmaciones de fe del cristianismo y, al mismo tiempo, reconocer la existencia de la persona sobre la que se desarrolló ese movimiento.

Esta distinción permite advertir el problema de la frase: presenta la incredulidad religiosa como si implicara necesariamente una negación histórica. No creer en Jesús como Salvador y sostener que Jesús nunca existió son dos posiciones distintas, que necesitan argumentos distintos.

Investigadores con diferencias, una coincidencia histórica

En su libro, Albariño reúne autores cuyas convicciones están lejos de ser idénticas. Entre ellos menciona al agnóstico Bart D. Ehrman, autor de Did Jesus Exist?; al protestante N. T. Wright; al sacerdote católico John P. Meier y al investigador judío Geza Vermes. El punto de encuentro que destaca el capítulo es que sus diferencias religiosas no los llevan a negar la existencia histórica de Jesús.

Las obras citadas también reflejan distintas aproximaciones. Wright aborda a Jesús dentro de su estudio sobre los orígenes cristianos; Meier desarrolla una extensa investigación histórica y Vermes lo sitúa en el mundo judío del primer siglo. Sus desacuerdos sobre cómo interpretar a Jesús no convierten su existencia en una creencia sostenida únicamente dentro de las iglesias.

El ejemplo de Ehrman resulta especialmente significativo para el argumento del capítulo. Su postura agnóstica permite mostrar que defender la existencia histórica de Jesús no exige una adhesión previa al cristianismo. Por eso, presentar a los especialistas como un bloque que niega que haya existido borra diferencias fundamentales entre sus posiciones.

Los nombres no reemplazan las evidencias

¿Significa esto que Jesús existió simplemente porque lo afirman determinados académicos? El propio Albariño aclara que ese no es su argumento. Al comienzo del capítulo explica que no pretende sostener que “porque tal o cual erudito afirme algo sobre Jesús, entonces, esto lo vuelve real”. Su propósito es cuestionar la afirmación de que los eruditos niegan su existencia, sin convertir el prestigio de una persona en una prueba.

La diferencia importa. Para examinar la historicidad de una figura es necesario estudiar documentos, fuentes y argumentos. Pero para revisar una afirmación sobre lo que piensan los investigadores, también corresponde observar sus trabajos. Los ejemplos reunidos en el capítulo contradicen la idea de que estudiar a Jesús con rigor conduce necesariamente a concluir que nunca existió.

Tampoco hace falta suponer que todos los especialistas coinciden en cada detalle de su vida. Discutir la interpretación de los Evangelios, el contexto de sus enseñanzas o el alcance de ciertos relatos no equivale a negar al personaje histórico. La existencia de debates sobre Jesús no demuestra que el mundo académico lo considere una invención.

La ciencia tampoco pertenece a una sola cosmovisión

El capítulo amplía su recorrido con ejemplos de científicos y pensadores que profesaron la fe cristiana. Isaac Newton, Johannes Kepler, Robert Boyle y Blaise Pascal aparecen entre los nombres mencionados. Estas referencias cuestionan otro prejuicio relacionado: que la formación intelectual y la fe en Jesús serían incompatibles.

Conviene mantener, también aquí, la distinción que propone el autor: las creencias de un físico o de un matemático no reemplazan la investigación histórica. Su relevancia para esta discusión está en mostrar que el conocimiento y la adhesión al cristianismo pueden convivir, frente a una mirada que identifica automáticamente la fe con la ignorancia.

“Simplemente, se trata de una falsa dicotomía”, escribe Albariño. La frase señala el problema de dividir a las personas entre creyentes que supuestamente no piensan e incrédulos que tendrían el patrimonio de la razón. La pertenencia religiosa de alguien no alcanza para determinar la calidad de sus argumentos.

Un mito que confunde las preguntas

El planteo central del capítulo es claro: la afirmación “los eruditos no creen que Jesús existió” no representa la diversidad de investigadores y trabajos que el autor presenta. Hay especialistas cristianos, judíos y agnósticos que reconocen su existencia, aunque discrepen profundamente sobre su identidad y significado.

Reconocer ese punto no resuelve todas las preguntas del cristianismo, pero permite formularlas con mayor precisión. La discusión sobre quién fue Jesús merece partir de una lectura honesta de lo que los investigadores sostienen, sin atribuirles una negación que sus propias obras contradicen.

Columna elaborada a partir del capítulo VI de Mitos Populares Sobre Jesús, de Bryan Albariño.

Título: Mitos populares sobre Jesús

PÁGINAS: 215

AÑO: 2026

AUTORES: Bryan Albariño

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