Cuando el corazón empieza a obedecer solo
Hay algo que incomoda cuando uno se detiene a pensar su propia fe en silencio.
No lo que dice. No lo que cree. Sino lo que realmente le pasa por dentro.
Porque podés hacer todo bien… y aun así sentir que algo no fluye.
Juan Carlos Ortiz, en “Él nos dio su corazón”, pone palabras a esa sensación que muchos esquivamos: “Muchas personas llevan la Biblia bajo un brazo y, bajo el otro, un libro de doctrina, pero no tienen el río, la fuente.”
Y duele un poco, porque es demasiado real.
La fe que no alcanza
Hay una versión de la vida cristiana que se sostiene a base de esfuerzo.
Intentar amar. Intentar perdonar. Intentar obedecer.
Pero en el fondo, todo cuesta demasiado.
Y entonces aparece la pregunta que nadie quiere hacer:
¿y si esto no era así?
Jesús dijo: “¡Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba!”
No dijo: “el que entienda”, ni “el que logre”. Dijo: el que tenga sed.
Porque el problema no es la falta de disciplina.
Es la falta de vida.
Ortiz lo dice sin rodeos: “La salvación es una fuente, un río en Cristo.” No un sistema. Un río.
Cuando todo depende de vos
Quizás lo más agotador de vivir desde la “sombra” —como lo llama el autor— es que todo recae en uno.
Ser mejor. Hacerlo bien. No fallar. Pero esa lógica, aunque parezca espiritual, tiene raíz humana.
Por eso, el golpe de realidad es fuerte cuando leés: “La Ley escrita es solo una sombra de la realidad. La verdadera realidad es el Espíritu de Cristo…”
Es decir: hay una forma de vivir la fe que no depende de tu fuerza.
Y eso lo cambia todo.
Porque entonces el problema no es que no podés…
sino que estás intentando desde el lugar equivocado.
El día que dejás de actuar
Hay una escena que plantea Ortiz que es imposible de ignorar.
“Creo que Jesús está cansado de nuestra obsesión con su imagen, cuando Él está vivo y está con nosotros.”
Es fuerte, porque deja en evidencia algo muy común: relacionarnos con ideas de Dios, pero no con Dios.
Hablar de Él, pero no vivir con Él. Sostener formas… mientras evitamos el encuentro.
Y sin darnos cuenta, terminamos actuando una vida espiritual, en lugar de vivirla.
Cuando amar deja de ser un esfuerzo
Hay un punto donde todo esto se vuelve profundamente práctico, porque el fruto del Espíritu no se fabrica.
Ortiz lo explica así: “El Espíritu mismo produce el fruto sin que nosotros hagamos nada.”
Y entonces aparece algo nuevo.
Amar… sin tener que forzarlo.
Perdonar… sin negociarlo tanto.
Responder distinto… casi sin pensarlo.
No porque somos mejores. Sino porque hay algo en nosotros que está vivo.
Y eso es lo que rompe con todo esquema. Porque, como dice en ese diálogo tan simple y tan profundo:
“—¿Por qué me amas? … —Porque no puedo evitar amarte.”
Eso no se entrena, eso fluye.
Volver a lo simple
Tal vez la fe nunca fue tan complicada como la hicimos. Tal vez nunca se trató de sostener, sino de rendirse. No de producir, sino de permanecer.
Porque la promesa sigue siendo la misma:
“De aquel que cree en mí… brotarán ríos de agua viva.”
No gotas, no intentos, sino ríos.
Y quizás hoy, más que aprender algo nuevo,
lo que necesitamos es volver a preguntarnos:¿Estoy viviendo desde ese río…
o estoy tratando de imitarlo?
¿Te gustaría ver tu marca aquí?
Anúnciate con Nosotros